Gabriele Münter:
la mujer que salvó el arte moderno del nazismo
La historia del arte está llena de grandes mujeres artistas,
pero muchas no han sido reconocidas hasta fechas muy recientes. Este es el caso
de Gabriele Münter, una pionera del arte moderno que durante mucho tiempo ha
estado relegada a un segundo plano.
La reivindicación de las mujeres artistas, junto con una
película que reconstruye su relación con el también pintor Wassily Kandinsky,
han puesto a esta pintora alemana en el lugar que merece.
Afortunadamente, hoy sabemos que Gabriele Münter no fue una
figura secundaria del arte moderno, sino una artista con personalidad propia,
cuya libertad artística contribuyó a modernizar la historia de la pintura.
Primero la fotografía
Antes de dedicarse plenamente a la pintura, Münter mostró un
gran interés por la fotografía. La joven alemana se interesó por esta técnica
durante un viaje realizado entre 1898 y 1900 por los estados de Texas, Missouri
y Arkansas.
Allí captó la realidad estadounidense con su cámara Kodak
Bull’s Eye No. 2, con la que hizo unas 400 fotografías de paisajes y escenas
cotidianas, además de retratos, que destacan por su composición cuidada y una
mirada íntima y directa.
La fotografía sentaría la base de una mirada personal y
única que más tarde plasmaría en sus pinturas.
Una mujer moderna
Gabriele Münter vivió en una época en la que las mujeres
estaban excluidas de las academias oficiales. Pero esto no le impidió tirar
adelante con su deseo de aprender a pintar.
Para ello se inscribió en una escuela privada de dibujo para
mujeres en Múnich, una actividad que compaginó con otras actividades, como la
natación, ciclismo, que denotan que era una mujer moderna e independiente.
Kandinsky, compañero y mentor
Tras su paso por la escuela femenina, se apuntó en la
escuela Phalanx. Allí conocería a una de las figuras más relevantes de su
carrera, el también pintor Wassily Kandinsky. Considerado uno de los padres del
arte abstracto, Kandinsky sería para Münter más que su maestro, pues se convertiría
en su pareja y mentor.
Entre 1904 y 1908, los dos artistas viajaron por Europa y el
norte de África, antes de establecerse durante un año en París.
Una ciudad para los artistas
A su regreso a Alemania, Münter y Kandinsky descubrieron el
pequeño pueblo bávaro de Murnau, un lugar que pronto se convertiría en el
escenario de una revolución artística. Lejos de las normas académicas y de la
vida urbana, en Murnau encontraron un entorno natural y una vida sencilla que
favorecieron la experimentación y la libertad creativa.
En el pequeño pueblo del sur de Alemania se crearía un grupo
de artistas que compartían con ellos el afán de renovación. Así se empezó a
desarrollar un lenguaje pictórico basado en el color intenso, la simplificación
de las formas y la expresión directa de la experiencia vivida.
Todo ello se plasmaría en una nueva corriente artística que
cristalizó en la creación del grupo Der Blaue Reiter (El caballero azul), todo
un referente del arte expresionista.
Una voz propia
La historia ha otorgado un gran protagonismo a Kandinsky y
ha olvidado que, en Murnau, Gabriele Münter también encontró su propia voz como
artista. El contacto directo con el paisaje, la arquitectura popular y la vida
cotidiana del pueblo la llevaron a buscar una pintura esencial, despojada de
artificios académicos.
Fue allí, pues, donde la artista aprendió a confiar en la
intuición y en la fuerza expresiva del color y convirtió la pintura en una
experiencia inmediata y vital. Así se puede observar en sus obras, auténticos
momentos de vida captados con gran intensidad.
Ruptura y reinvención
Tras diez años de relación, Münter rompió con Kandinsky.
Pero este momento doloroso sirvió también como palanca para su reinvención.
Tras la ruptura viajó a Zúrich y Escandinavia, donde pintó grandes retratos de
mujeres.
En 1929 se trasladó a París, donde recuperó su libertad
creativa y su independencia y donde encontró su madurez como artista.
Resistencia
durante el nazismo
Con la
llegada de los nazis al poder, la pintura abstracta sería calificada de arte
“degenerado”. Aun así, Münter actuó con determinación para proteger el
patrimonio del movimiento expresionista.
En Murnau
ocultó cientos de obras en el sótano de su casa, salvando un legado
incalculable. Junto a Johannes Eichner, presentó parte de su obra como “arte
folklórico e ingenuo” para eludir la censura y continuar exponiendo. Münter se
convirtió así en la guardiana del arte moderno europeo.
En 1957 donó más de 1000 obras del Caballero
Azul a Múnich, lo que se