Rafael, príncipe de los pintores, llega a Nueva York
El MET presenta su mayor retrospectiva en Estados Unidos
Nació en Urbino como Raffaello di Giovanni Santi, en 1483, y
no tardó en abandonar Las Marcas en busca de mecenas en Umbría y Toscana. Se
consagró en la plaza fuerte de Florencia y, en la última década de su vida
corta, se convirtió en el artista favorito del papado en Roma, donde fue aclamado
como príncipe de los pintores. Muy hábil a la hora de dar a conocer sus muchas
virtudes entre aquellos que podían reclamarlas, Rafael no trabajó solo, sino
con equipos bien organizados de asistentes y colaboradores de los que surgiría
toda una generación de artistas no menores. Para ellos, y para muchos
posteriores, fue un modelo a seguir avanzado el siglo XVI.

el Metropolitan Museum de Nueva York la
primera gran muestra que en Estados Unidos repasará la trayectoria meteórica de
este maestro, contando con dibujos, pinturas, grabados y tapices que darán fe
de la audacia creativa que demostró un autor que no alcanzó los cuarenta años
en el contexto del vibrante Cinquecento italiano. También de lo que su obra
tiene de literario: perteneció Rafael a una familia de poetas y pintores, se
convirtió en amigo íntimo de escritores y se aventuró a componer sonetos; no
hay que olvidar que, en esta época, pintura y poesía se consideraban artes
hermanas e intrínsecamente ligadas. La elegancia evidente de sus composiciones
evoca para muchos el antiguo aforismo, muy debatido en su tiempo, de que la
pintura es poesía muda, y la poesía es pintura ciega.

Contará esta exhibición, en la que el MET se ha empleado los
últimos siete años, con préstamos rara vez reunidos, entre ellos el de la
Madonna Alba, procedente de la National Gallery de Washington y emblema de
armonía clásica, que podrá verse junto a sus bocetos preparatorios llegados de
Lille; o el del Retrato de Baldassarre Castiglione del Louvre, quizá uno de los
mejores del Alto Renacimiento. Sus pinturas -fue también arquitecto- conjugaron
la ambición compositiva y el lirismo, la emoción y la profundidad intelectual:
un grado de complejidad y belleza que rara vez se ha dado fuera de las cortes de
ese momento.

No fue ajeno a la convención, alabada por poetas tanto
dentro como fuera de su círculo, de presentar a María como una dama elegante y
aristocrática con suaves rasgos faciales y cabello rubio, pero también se
esforzó por alcanzar ideales cristianos arraigados. Infundió en sus
representaciones humanidad y presencia psicológica a través de gestos y
reacciones, y adquirió un dominio asombroso de la luz, el color, el espacio y
la geometría. Comunican sus retratos una profunda empatía y reflejan años de
práctica en el dibujo para lograr una contemplación íntima y atenta del
retratado. Se desarrollará la exposición en orden cronológico, pero contará con
secciones temáticas centradas en el desarrollo de sus ideas e imágenes e
incidirá en los descubrimientos científicos recientes. Al enseñarnos dibujos
junto a lienzos y obras en otros medios, demostrará, además, la prodigiosa
versatilidad del de Urbino en sus procesos creativos.

Narrador virtuoso, alcanzó un grado elevadísimo de finura en
la representación de la mujer, tanto en sus imágenes sacras como en las
profanas, y en su visión de Venus y Vírgenes no es atrevido pensar que pudo
recibir influencias de la corte humanista de su villa natal, nacida bajo el
impulso de Federico III da Montefeltro, a quien su padre, Giovanni Santi,
dedicó un poema siendo el pintor niño.
Es posible que Rafael se sintiera atraído por Florencia tras
escuchar a otros pintores elogiar los dibujos a escala real (bocetos) de
Leonardo y Miguel Ángel, que serían su competencia. Estudió las composiciones
de ambos y fue en ese tiempo cuando en sus obras desarrolló un tratamiento del
espacio, una monumentalidad escultórica y una fuerza expresiva sin igual,
fruto, asimismo, de muchas horas de experimentación sobre papel y con arcilla o
cera.
Pero también logró transmitir una ternura inocente muy
difícil de replicar en sus telas de la Virgen con el Niño, manteniendo un
dominio superior del realismo anatómico. Eran años propensos a la humanización
de los temas religiosos: se favorecía el atractivo de delicadas Vírgenes con el
Niño como figuras votivas.
La elegancia de las poses de sus modelos sugiere, asimismo,
el propósito de plasmar los modales refinados de las cortes del Renacimiento
italiano y los ideales de belleza celebrados por los poetas. Rafael fue amigo
íntimo del citado Baldassarre Castiglione, cuyo manual sobre el comportamiento
elegante en la corte promovía un modelo de conducta y gracia que valoraba la
sprezzatura, una estudiada despreocupación o indiferencia.
Había sido Santi quien no tardó en llevar a su hijo a
aprender junto a Pietro Perugino, un artista al que probablemente conocía por
proyectos locales. Las elegantes figuras de aquel, su impresionante dominio de
la técnica y sus eficientes métodos para reproducir diseños dejaron una huella
imborrable en el joven Rafael, estudioso y disciplinado. En Nueva York podrán
contemplarse propuestas que ambos realizaron para cofradías, incluyendo la que
se tiene por la primera pintura realizada íntegramente por nuestro autor, tras
una reciente restauración.
A continuación, analizará la muestra el periodo comprendido
entre 1500 y 1507, cuando el joven Rafael se esforzó por atraer mecenas
pintando tanto retablos monumentales como obras de devoción de pequeño formato.
Un ejemplo señalado es el gran retablo Colonna, para una congregación de monjas
de Perugia. Se reúne aquí al completo por primera vez desde que fue
desmembrado, hacia 1663.
Veremos, igualmente, dibujos a escala real para
un retablo de la capilla de la familia Oddi, también en Perugia: revelan las
prácticas de taller que Rafael había absorbido durante su
formación y colaboración con Perugino. Se valía de tiza
negra, pluma y tinta, y punta metálica sobre papel.
Ya en 1508 llegó a Roma, donde se convertiría en el artista
de corte favorito de los papas Julio II y León X. Superando a una generación
anterior de pintores que trabajaban en el Vaticano, se hizo cargo de la
decoración al fresco de la más importante de sus salas, la Signatura.
La exposición reunirá sus estudios para La Escuela de
Atenas, con su reunión de filósofos, y para la Disputa, que representa la
teología católica; estas obras muestran a un artista en pleno dominio del
potencial expresivo de las técnicas del dibujo. También ensayos para sus
monumentales trabajos en la Sala del Eliodoro o la de Constantino y elocuentes
obras finales, cuyos claroscuros remiten a Leonardo y cuyas miradas, poses y
gestos, cargados de expresividad, parecen comunicar una sensación de drama
inminente.
Rafael y su taller completaron un número asombroso de
proyectos de gran escala en sus últimos seis años. Esa ayuda ejecutiva permitió
al artista concentrar su energía creativa en inventar nuevos diseños y explorar
formas alternativas. Rara vez interrumpía sus proyectos para los papas para
atender otros encargos, pero hizo una excepción con Agostino Chigi, en obras
donde desplegó poses contorsionadas y poderosas musculaturas, para muchos
precursoras del manierismo.
En 1517, Rafael compró el Palacio Caprini, representado en
dos obras aquí. Allí vivió sus últimos años en Roma, siendo casi su rey