viernes, 30 de enero de 2026

Martin Parr, lúdico y lúcido El Jeu de Paume examina la trayectoria del fotógrafo

 

Martin Parr, lúdico y lúcido

El Jeu de Paume examina la trayectoria del fotógrafo

 

París

 Una de las últimas exposiciones en cuya preparación pudo participar Martin Parr, antes de su muerte en diciembre del año pasado, es “Global warning”, que se abrirá al público el próximo 30 de enero en el Jeu de Paume de París. Es probable que, por eso, sus salas se tiñan de nostalgia, aunque el británico seguramente habría aborrecido esa sensación: sus imágenes, desde los setenta y hasta su fallecimiento, estuvieron marcadas por la ironía, el examen satírico, y no moralizante, de nuestros tics sociales y la crítica evidente pero lúdica.

 Se reunirán en París casi doscientas obras, representativas del conjunto de su carrera, en las que veremos que documentó los síntomas de las que podemos entender por crisis de las sociedades materialmente privilegiadas: el turismo masificado, el consumismo desenfrenado, las dependencias tecnológicas y una relación, cuanto menos, ambivalente con la naturaleza. Hay quien ha apreciado en su humor a la hora de abordar estos asuntos la herencia de la tradición cáustica de su país; una versión de nuestro tiempo de las pasadas guerras visuales británicas contra las convenciones en la representación, en el fondo y en la forma.

 

Su retrato del mundo globalizado, divertido e inquietante a partes iguales, nacía de la recolección de instantáneas en centros comerciales, playas llenas, zoológicos, en exposiciones de vehículos o en las montañas suizas; no importaban demasiado los escenarios, sí los comportamientos que en esos lugares los individuos se dan derecho a desplegar: banales, absurdos y fundamentalmente reveladores.

Su estética es casi inconfundible: se inició en el blanco y negro, pero no tardó en virar hacia los tonos saturados, los encuadres ajustados, la acumulación de detalles y un gusto claro por lo kitsch y los contrastes. Ese estilo, consolidado a lo largo del medio siglo que ha transcurrido desde los setenta, permite una interpretación de su trabajo en varias capas: podemos quedarnos con la anécdota contemplada en la inmediatez, pero también con su constante subversión de los códigos de la elegancia y su desafío a los parámetros de géneros diversos de la fotografía, como la publicitaria, la postal o la de la vida silvestre. Al prestar atención a sus lenguajes, Parr revela su artificio, sus clichés y todo aquello que parecía, en ese tipo de estampas, darse por hecho.

 

Cinco secciones estructurarán esta muestra, atendiendo a temas, motivos y obsesiones recurrentes que, como el artista supo ver en sus últimos años, guardaban una relación honda con la degradación progresiva del medio ambiente, por más que él no mantuviese ningún deseo de activismo.

 Insistentemente nos enseñó cómo las actividades de ocio alteran el entorno; esa unión aparentemente indisoluble que hemos establecido entre el placer y la generación de desperdicios, lo natural y lo artificial. Nos ofreció Parr un inventario crudo y humorístico de nuestros objetos de deseo y nuestros modos de consumo, vistos como expresión de una nueva religión: a través de su objetivo, supermercados, centros comerciales, ferias y exposiciones devienen escenarios de una carrera frenética, y compartida por todas las clases sociales, en la que los mismos seres humanos a veces se convierten en mercancías.

Pero la mayor de sus obcecaciones fue el turismo, que exploró tanto en sus placeres como en sus contradicciones, incluso en sus callejones sin salida. En los lugares más visitados, se centró en los hábitos y comportamientos del turista global, sugiriendo, además, un estudio sutil de los desequilibrios entre hemisferios. En cuanto a nuestra coexistencia con los animales, le interesó la confluencia en el lado humano de la indiferencia y la fascinación, la negligencia y la sobreatención, la violencia y el afecto.

 

También le importaron nuestros lazos, paulatinamente más íntimos, con las máquinas: coches, videojuegos, tragaperras y, en sus últimos años, también ordenadores y teléfonos inteligentes que redefinen nuestra relación con la realidad, el espacio y el tiempo. El mismo Parr concebía sus fotos como una forma de entretenimiento -la que aportan esos dispositivos, como la cámara- que contiene un mensaje serio si uno está dispuesto a leerlo, pero aseguraba no intentar convencer a nadie de nada: Simplemente muestro lo que la gente cree saber, declaraba en 2021. Efectivamente, así eres a menudo, aunque no te veas, parecía decir.

Nunca pretencioso, insistía en que formaba parte del mundo que documentaba y criticaba: Nos dirigimos hacia la catástrofe, pero todos juntos. Nadie se atreverá a prohibir los coches ni los viajes en avión. Incluso conocía su (elevada) huella de carbono y se negaba a adoptar una postura de superioridad respecto a aquellos a quien fotografiaba.

 


Sabedor de que las imágenes por sí solas ya no bastan para transformar el mundo, sí las concebía como cierta forma de resistencia: la de quien es consciente de las derivas generalizadas y de la lejana posibilidad de revertirlas, y nos las enseña. Con ternura y otras cosas.

 

Ana Juan, el dibujo y la vida CentroCentro busca los orígenes de su iconografía

 

Ana Juan, el dibujo y la vida

CentroCentro busca los orígenes de su iconografía

 

así una década después de que el Museo ABC presentara una muestra que nos introducía en el imaginario de Ana Juan, la artista valenciana ofrece en la capital una nueva exposición institucional, más amplia y comisariada por Inmaculada Corcho, la directora de aquel espacio. La acoge CentroCentro y lleva por título “Wunderkammer”, en alemán cámara de las maravillas, puesto que con las colecciones que aquellas atesoraban se vincula su iconografía: seres imaginarios a los que, en esta ocasión, se insufla vida, ya que saltan del dibujo a la escultura o la animación.

 Formada en la Facultad de Bellas Artes de San Carlos, esta autora se trasladó a Madrid en los ochenta, donde comenzaría a colaborar con publicaciones como Madriz, La Luna, El País o El Mundo; desde entonces, hace más de cuarenta años, no ha cesado Ana Juan de ilustrar portadas de libros, carteles y campañas publicitarias. Ha llevado a cabo, asimismo, cerca de una veintena de cubiertas para The New Yorker -destacando Solidarité, en homenaje a las víctimas del atentado de Charlie Hebdo-, y dejado su sello en múltiples libros infantiles y álbumes.

 En la quinta planta de CentroCentro nos esperan un centenar de sus composiciones, la mayoría fechadas en el último año, que dan cuenta de las peculiaridades de los procesos creativos y del modo de entender el mundo de una artista que viene afanándose en poner orden a su realidad cotidiana.

Estas obras componen, en conjunto y según ha explicado Juan, una fábula visual en la que nuestro ojo no podrá fiarse de lo aparentemente evidente: ella construye metáforas en las que no es sencillo discernir lo cierto y lo falso. Como confusas eran, quizá más que ninguna otra cosa, aquellas wunderkammer: gabinetes de coleccionistas interesados por ramas muy diversas del conocimiento, por lo creado por la naturaleza y lo fabricado por la mano humana. En algún caso con vocación enciclopédica, esos fondos, en buena medida, nos hablan del saber universal alcanzado en la época en que se gestaron, pero además, y paradójicamente no menos, de las inquietudes e inclinaciones más íntimas de sus dueños. También, claro, de su poder e influencias a la hora de adquirir todas esas piezas, de las obras de arte a los minerales.

 En el caso de Rodolfo II de Praga, que poseyó una de las más interesantes, su máxima parecía ser “cuanto más extraño, mejor”. A su cámara accedían pocos, porque no le interesaba presumir (era un coleccionista de armario, más que de vitrina), pero quienes sí lo hicieron aseguraron que les suscitó tanta admiración como desasosiego. Como todos los descubrimientos importantes.

 En Cibeles, la valenciana ha desplegado su personal gabinete iconográfico de curiosidades: imágenes nacidas de sus propias preocupaciones, de sus deseos y pasiones (sus temas predilectos han sido los humanos: la vida y la muerte, el amor y la guerra, la verdad y la mentira, las derivas del poder…), pero también, desde luego, de su inventiva. Internet, como era de esperar, es otra de sus fuentes: En la actualidad, lo extraordinario navega en las redes y somos nosotros los autores de las colecciones. Creamos nuestra propia visión del mundo con información que almacenamos en nuestros gabinetes sitos en nubes intangibles y que nos lleva a crear mundos paralelos.

 

  En la actualidad, lo extraordinario navega en las redes y somos nosotros los autores de las colecciones. Creamos nuestra propia visión del mundo con información que almacenamos en nuestros gabinetes sitos en nubes intangibles.

Asimismo, era previsible que no tuviera esta muestra un recorrido establecido linealmente; las piezas se relacionan y transforman entre sí. Aunque sean autónomas, se potencian sus lecturas en su contemplación en conjunto. Sí se estructura en secciones, en seis: Caos, que remite al desorden que nace de no poder distinguir la verdad del embuste; La huella del caos, que contempla el cuerpo como un archivo que registra las huellas de lo vivido; Historias; en la que cada obra da lugar a uno o muchos relatos, susceptibles de ser continuados por el público; Todo y parte, una reflexión sobre la vida, lo individual y lo colectivo, los efectos de nuestras acciones, la transformación y la muerte; Dibujar el mundo, que alude al impulso primero de Ana Juan por trazar sus inquietudes, base de dibujos, pinturas, esculturas y diseños; y, por último, El dibujo, una reivindicación del que fue su lenguaje inaugural.