martes, 8 de agosto de 2023

Y la Tierra tembló con Los Beatles hace 60 años

 

Un disco, un productor y un manager hicieron que los 'Fab Four' pasaran del anonimato a inventar la cultura de masas

Reino Unido. Verano de 1963. Cuando se creía que no podía ocurrir nada más explosivo que el atraco al tren postal Glasgow-Londres, que ha pasado a la historia como el “robo del siglo”, o el fatal desenlace del ‘caso Profumo’, con la dimisión del ministro de Guerra británico, en Fleet Street, guarida de la prensa, el Daily Mirror acuñaba, parapetado en la canícula lluviosa, un término que entraría como un obús en la historia de la música: beatlemanía.

 Paul McCartney, John Lennon, George Harrison y Ringo Starr sacudían los cimientos de un país que despertaba con dificultad de la larga posguerra. En aquellos días de estío de 1963 propulsarían una carrera que nacía de la experiencia de sus numerosos viajes a Hamburgo, del peso de sus chupas de cuero, emblema de la locura skiffle, y de su fuerte dialecto scouse, expresión del tramo más bajo de las clases desfavorecidas del Liverpool de sus orígenes.

Los Beatles fueron dinamita sin control social ni político en un momento en el que solo se conocían las acarameladas melodías de Cliff Richard y Billy Fury. Ni rastro aún de las técnicas masivas de marketing y publicidad. Tampoco del poder comercial de los jóvenes, relegados a ser una incómoda transición hacia los rigores de las más férreas convenciones sociales. “En la adormilada y ordenada Gran Bretaña de mediados del siglo XX, la beatlemanía parecía lindar con la psicosis”, escribe Philip Norman, autor de Paul McCartney. La biografía (Malpaso).

Por eso, aquel verano de 1963, las guitarras de John Lennon y George Harrison, el bajo (modelo violín) de Paul McCartney y la batería de Ringo Starr, adobados con sus voces, flequillos y sus chaquetas de cuello redondo, con su simpatía y con su desparpajo, destriparon algo más que una moda. A partir de entonces, el pop y el rock se convertirían en una forma de vida. Hasta junio, hicieron tres giras por el Reino Unido –ya con el logotipo definitivo, con su famosa T alargada– en las que ensombrecieron al mismísimo Roy Orbison. El ruido y la furia de las multitudes llegó hasta el Parlamento, ocupado como estaba en sobrevivir a las turbulencias provocadas por la inevitable dimisión del primer ministro Harold Macmillan.

En las listas de éxitos pulverizaba todos los récords Please Please Me, primer álbum de estudio publicado en marzo de ese año que daría fuelle al repertorio de sus comparecencias en directo, en las que ya empezaban a verse los primeros caramelos Jelly Babies alfombrando los escenarios (cortesía de sus fans). Entre las perlas de esta entrega de debut, Love Me Do, Twist and Shout o Ask Me Why.

La cuestión es que el tándem Lennon-McCartney carburaba ya a pleno rendimiento con el manager Brian Epstein y el productor George Martin intentando controlar y meter en vereda a cuatro talentos aún sin pulir. Todas las piezas del motor estaban ya engrasadas en aquel tempestuoso verano de 1963. La beatlemanía empezaba ser tan británica como el Big Ben, el té de las cinco o Picadilly Circus. Había que añadir ya, por derecho propio, a cuatro desatados jóvenes de Liverpool que abrían, con sus instrumentos, un camino ignoto.

Por aquellos días, más convulso aún que los acontecimientos que rodeaban a los Fab Four sería lo que estaba ocurriendo en el interior de la formación, lógicamente alterada por el inesperado éxito que les desbordaba ya por todos los puntos cardinales. Y es que antes de iniciar su tercera gira por el Reino Unido decidieron tomarse unas vacaciones y digerir lo que estaba sucediendo. Por casualidad o por inercia eligieron España. Pero no fueron juntos. Paul McCartney y George Harrison aceptaron la invitación de Klaus Voormann, amigo de sus seminales días de Hamburgo, para pasar unos días en Tenerife en la casa de sus padres.

Por aquellos días, más convulso aún que los acontecimientos que rodeaban a los Fab Four sería lo que estaba ocurriendo en el interior de la formación, lógicamente alterada por el inesperado éxito que les desbordaba ya por todos los puntos cardinales. Y es que antes de iniciar su tercera gira por el Reino Unido decidieron tomarse unas vacaciones y digerir lo que estaba sucediendo. Por casualidad o por inercia eligieron España. Pero no fueron juntos. Paul McCartney y George Harrison aceptaron la invitación de Klaus Voormann, amigo de sus seminales días de Hamburgo, para pasar unos días en Tenerife en la casa de sus padres.

A su regreso, el ingenio y la franqueza de Paul, el sarcasmo de John, la sequedad de George y el gancho de Ringo acabarían definitivamente con la libertad que les había dado su anonimato. Adiós a los tiempos de aplastar la cara ante los escaparates de guitarras de la londinense Charing Cross Road, adiós a las compras de botas de tacón cubano en las zapaterías Anello y Davide y adiós a los momentos en los que se comían con los ojos a las primeras chicas con las melenas ‘geométricas’ del peluquero Vidal Sassoon.

Tras las giras veraniegas por el Reino Unido, ya en octubre, testarían la beatlemanía europea en su primera salida al extranjero como grupo de masas. Fue en Suecia donde comprobaron durante cinco días, de la mano de la cantante y presentadora Lill-Babs, la dimensión de una gesta que se desató definitivamente cuando volvieron a pisar el aeropuerto de Heathrow: cientos de fans, 50 fotógrafos y numerosas cámaras de TV solo para ello

En noviembre confirmaban lo ocurrido en el prodigioso verano de 1963 con With the Beatles, segunda entrega de estudio donde incluían All My Loving, Please Mister Postman o I Wanna Be Your Man. Lennon y McCartney encendían de nuevo su feliz consorcio y George Martin y Brian Epstein competían ya por el título de “Quinto Beatle”. El reguero del millón de copias empapó pronto las calles del Reino Unido. Llovía sobre mojado.

 Al otro lado del Atlántico, era asesinado en Dallas John Fitzgerald Kennedy, trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, donde llegarían triunfantes el 7 de febrero de 1964. La inocencia de aquel verano de los Jelly Babies empezaba a ser ya solo un dulce recuerdo.

EMI, la segunda casa

En 1962, a las 18,00 horas del 6 de junio, Los Beatles entran por primera vez en los estudios de EMI, lugar que llegaría a convertirse en su segunda casa. situados en el número 3 de Abbey Road, en el barrio de St. John’s Wood, serán testigos de los temas que integrarán Please Please Me. Según recogen Jean-Michel Guesdon y Philippe Margotin en Todo sobre los Beatles (Blume), la grabación costó 400 libras y cada uno de los Fab Four se embolsó 14,10 como músicos de estudio.

 

El 11 de mayo de 1963 el álbum ya era número uno.

 


 

viernes, 4 de agosto de 2023

Barbie: planitud y autonomía


 

Si bien el estereotipo de Barbie ha sido, por su profunda vinculación aspiracional, nocivo para generaciones enteras de mujeres, el de Ken ha orbitado siempre en torno a la irrealidad, el ilusionismo, la envidia y la gracia

 

 

Casi todos los de mi generación —que, aunque conocida como centenialls, yo llamaré Generación Toy Story— hemos soñado en la infancia con que nuestros juguetes cobrasen vida autónoma. En mi caso, no se trataba de que yo desease una multiplicidad de poderes con los que concederles vida a mis juguetes, sino de una anulación de mis poderes como dueño. El estímulo impulsado por la saga de Toy Story proponía una seria desagenciación del niño, como si su amor no bastara para contentar a los juguetes y —lo que es más grave— como si la proyección de sus deseos de futuro más íntimos tampoco surtiera efecto alguno. Comprobar la distancia fría y calculada que algunos juguetes de la saga mantienen con Andy fue, en mi caso, una experiencia cercana a la desolación. Si bien la película me acercaba a la soledad, de niño me gustaba ver las dos primeras entregas continuamente, incluso varias veces al día, quién sabe si buscando por fin a Andy…  ese protagonista ausente. Cuando llegó la tercera película todo había cambiado: ya no había deseos infantiles, ni miedo al abandono, así que no dudé en hacer concesiones nostálgicas, desde luego más satisfactorias que cualquier aspiración infantil. En esa película, juguetes por todos reconocibles como Barbie y Ken hacían un cameo, envuelto este último en una sospechosa aura de ambigüedad sexual. Ataviado con un pañuelito rosa, el Ken de Toy Story no toleraba una mínima separación de su compañera, a la que continuamente deseaba satisfacer —es célebre la escena en la que improvisa un desfile en su enorme vestidor—, pero todo en él connotaba sospecha.

La película surge como una cura frente al desencanto que los productos categorizados como ‘femeninos’ han generado en una sociedad post #MeToo

 En un momento de Barbie, película que cumple por fin con el sueño de la encarnación plástica, los arquetipos masculino y femenino del mundo perfecto de Mattel, representados por Ryan Gosling y Margot Robbie, se encuentran a un grupo de obreros tomando un bocadillo en un descanso de trabajo en Malibú. En cuanto ven a Barbie, comienzan a soltar comentarios soeces y piropos inadecuados, a los que Barbie responde gritando que ni ella, ni su compañero Ken, tienen genitales.

Por Pablo Caldera

Exposiciones de fotografía de moda para un veraneante imaginario

 

La fotografía de moda propone un equilibrio entre fantasía y exigencia comercial, donde cultura de consumo y belleza se dan la mano para crear un producto cultural que refleja la cultura contemporánea

 A pesar de que la fotografía de moda se consolidó como un género comercial con fin publicitario, en su evolución a lo largo de los siglos XX y XXI se fue convirtiendo en una disciplina autónoma cuya manifiesta naturaleza artística dejaba de ponerse en cuestión. De hecho, esta disciplina hunde sus raíces en la historia del arte occidental, de la que toma sus códigos y patrones estéticos. Las actrices y bailarinas de la Inglaterra victoriana posaban ante los fotógrafos como lo habrían hecho ante los grandes retratistas, décadas atrás. 

Como señalaba Guillermo Solana en el catálogo de la exposición Mario Testino. Todo o nada del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, la pintura cortesana de los siglos XVI a XIX ha sido la fuente de inspiración de muchos de los más grandes fotógrafos de moda de todos los tiempos. Así, la puesta en escena, los decorados, las actitudes de los modelos, en definitiva, la teatralidad…  de retratos de pintores como Diego Velázquez, Anton van Dyck, Hyacinthe Rigaud, François Boucher, James McNeill Whistler o John Singer Sargent, han sido recreados por fotógrafos como Cecil Beaton o el citado Mario Testino. 

 
 La fotografía de moda es mucho más que elegancia y belleza, tiene siempre como marco un trasfondo social en el que asienta sus valores estéticos. Es, sobre todo, un equilibrio entre fantasía y exigencia comercial, donde cultura de consumo y belleza se dan la mano para crear un producto cultural que refleja la cultura contemporánea, los cambios estilísticos y sociales de cada momento; e, incluso, el reverso de esa cultura de consumo (como manifiestan las fotografías del suizo Daniele Buetti, que señalan la violencia ejercida por la publicidad de moda, tal como apunta Sonia Capilla en La vestimenta. Una historia entre modas y disidencias).  


 

Este verano, varias instituciones en territorio nacional y europeo parecen haber coincidido en dedicar parte de sus espacios a esta disciplina, que da pie a fantasear con un recorrido temático al que los veraneantes podrían entregarse en este comienzo de agosto