jueves, 5 de octubre de 2017

LITERATURAEntre coche y andén



El arte de estar solo


Frente al hormiguero donde el individuo no cuenta por sí mismo, sino en función del dinamismo impersonal de la masa (tal y como prefiguró Kafka), he aquí una defensa del arte de la soledad voluntaria.
En el tren. ¿Auriculares? No, gracias. Le gustaría a uno permanecer a solas con sus pensamientos, recrear de vez en cuando la mirada en las formas huidizas del paisaje y abismarse, a ratos, en la lectura del periódico o de un libro. Todas estas son actividades lentas, de muy baja densidad acústica. Se practican, además, dentro de una membrana invisible, con propiedades aislantes, llamada soledad. Dichas actividades resultan de costumbre incómodas, incluso desazonantes, para las personas que atraviesan la vida con un saco de desasosiego sobre la espalda, con mayor razón para aquellas que consideran aburrido lo que no se mueve, no suena, no emite resplandores cambiantes. A los pocos minutos de iniciado el viaje, uno comprende el grave error que ha cometido al rechazar los auriculares. No bien empiezan a graznar aquí, ahí y allá los móviles, cae uno en la cuenta de que los auriculares sirven para algo más que para escuchar la música y los diálogos de la película de turno. Los auriculares pueden asimismo cumplir la función de tapones insonorizadores.
En el asiento posterior, un viajero derrama su intimidad en voz alta. Quizá crea que su cháchara confidencial desaparece dentro de su teléfono móvil como por la rejilla de un desagüe, sin pasar por el filtro involuntario de otros tímpanos. Se equivoca. Todo el vagón podría enterarse de sus bagatelas privadas a excepción de los viajeros que, como él, están enfrascados asimismo en pláticas similares. Con una punta de malicia, me dedico a contarle las faltas gramaticales al señor, sus anacolutos y pleonasmos, sus frases truncas, sus muletillas y otros destrozos lingüísticos. El trato que les dispensa a las concordancias raya en la crueldad.
Bien pudiera suceder que estos congéneres circundantes, como esos otros que al llegar a sus casas se apresuran a conectar la radio, a encender el televisor, tratando de protegerse de la tortura del silencio, sean felices. En tal caso habría que dejarlos disfrutar en paz su sobredosis cotidiana de ruido y su necesidad incesante de comunicación y compañía. Aquí no viene uno a escribir en el periódico para amonestar a nadie por sus deseos colmados. Pues eso faltaba. No existe cosa más antipática que confeccionar un ramo de argumentos contra la satisfacción ajena. Lo cual no quita para constatar que a menudo la gente puede ser bastante invasiva y que perderla de vista, hasta donde esto sea posible en el mundo moderno, conduce con frecuencia al placer. Francamente, no tiene uno estómago para ignorar que la soledad indeseada implica dolor. Hay estudios que la asocian con diversas enfermedades, no solamente mentales. Estar solo es una delicia a condición de disponer del gobierno pleno de la propia soledad, cuando esta consiste en el retiro ameno y temporal del que hablaba el poeta; en el sitio, a fin de cuentas, al que uno acude por su propio pie en procura de reposo, de reflexión, y a entablar coloquios con su conciencia.
Estar solo por imposición, en una celda de aislamiento, en el desierto vasto, en el desamor o en el exilio, no favorece la práctica de actividades conducentes a la mejora de la calidad humana; aunque, ojo, nunca se sabe. Tengo entendido que Antonio Escohotado aprovechó unas vacaciones carcelarias en la penitenciaría de Cuenca para escribir la Historia general de las drogas. No es raro que la dicha resulte del empeño intelectual y de una administración adecuada del tiempo. Como se sabe, Franz Kafka acertó a sacarle provecho literario a la figura del individuo a quien le está vedada la soledad. En sus fábulas prefiguró los infiernos sociales del siglo XX, tanto los de naturaleza nacional-identitaria como los colectivistas, coincidentes unos y otros en su propósito de privar al hombre de creatividad y, por consiguiente, de señas singulares. Me refiero al hormiguero donde el individuo no cuenta por sí mismo, sino en función del dinamismo impersonal de la masa. Se fomentan entonces los desfiles, las concentraciones multitudinarias, los controles burocráticos, lo que sea con tal de abolir la intimidad, terreno propicio para el pensamiento incontrolable y, por tanto, para la disidencia.
Confieso que no me alcanza la imaginación para concebir al hombre culto que no domine el arte de la soledad voluntaria. La soledad bien puede consistir en un estado de ánimo, compatible con la presencia de otras personas en rededor. Que se lo pregunten, si no, a los escritores de café (a José Hierro, que componía poemas en un bar), capaces de aislarse de los ruidos ambientales y no distraerse con el murmullo de las conversaciones, menos molesto cuanto más general. A la manera de Antonio Escohotado, el hombre puede introducir una soledad tolerable y productiva en otra forzosa y yerma. Estar solo es algo más que estar sin nadie en las proximidades. Es, antes que nada, la capacidad de acogerse en cualesquiera circunstancias a un mundo interior propio. Abrigo el convencimiento de que abunda entre la gente culta el hábito de reservarse un espacio sin interferencias ni tutelas, del cual luego el individuo sale para estar con los demás y, si las cosas vienen bien dadas, ofrecerles los frutos de su trabajo solitario. ¿Qué frutos? Pongo por caso el conocimiento nacido de la lectura, quizá la interpretación musical que un instrumentista ensayó durante muchas horas y acaso muchos días, o las probaturas que tal vez se coronen con una variante novedosa en el juego del ajedrez, la solución a un arduo problema matemático o, en fin, un descubrimiento beneficioso para la humanidad.
Claro que el hombre es un ser social; por eso le conviene estar de vez en cuando solo a fin de rendir tributo a la laboriosidad y al talento, que para algo se lo dio la naturaleza y se lo cinceló la educación, y para acudir a continuación al ágora con algo más que un mero bulto corporal. De la misma índole social eran Albert Einstein y el más tarugo de la comarca, aunque este último, movido de su índole gregaria, gustase de participar en manifestaciones y festejos. Así que en esas estamos dentro del vagón del tren, determinados a arrebujarnos en una envoltura de grata soledad, en una especie de burbuja a la medida que ponga sordina a los ruidos cercanos. El tren contribuye al bienestar con su vaivén suave. La llanura entre amarilla y ocre, de vegetación escasa, que se observa por la ventanilla al caer de la tarde invita asimismo al recogimiento. Y por fortuna los viajeros guardan en este instante un maravilloso silencio, roto de manos a boca, ¡será posible!, por la musiquilla impertinente de un móvil. A la irritación sucede de inmediato el sobresalto entreverado de vergüenza, pues compruebo que es mi móvil, en el bolsillo interior de la chaqueta, el que está sonando. Diga. Ah, ¿eres tú? Estoy llegando a Zaragoza. Sí. No. Sí.

Oslo: literatura, pan y arquitectura en la ciudad de Edvard Munch



El centro de Oslo, visto desde la cubierta del edificio de la ópera de Snøhetta. 
No basta una vida para conocer algunas ciudades, pero a veces se puede captar su esencia en apenas 24 horas.  recorrer las urbes donde viven para ofrecer una mirada distinta, a medio camino entre el nativo y el visitante.   acerca Oslo, la capital de Noruega, una ciudad plagada de museos, restaurantes y arte, además de ser la urbe donde se entrega el Premio Nobel de la Paz.

domingo, 1 de octubre de 2017

Herbert Kalmbach, 'la figura más misteriosa' en el escándalo de Watergate, muere a los 95 años





Herbert Kalmbach, abogado personal del presidente Nixon, abandona el Tribunal de Distrito de Estados Unidos después de una audiencia en Washington el 26 de febrero de 1974.

Por Emily Langer 29 de septiembre a las 7:13 PM 
Herbert W. Kalmbach, abogado personal del presidente Richard M. Nixon, que fue atraído al escándalo de Watergate como presunto bagman y más tarde fue a prisión por recaudación de fondos políticos ilegales que incluía el tráfico de una embajada, murió el 15 de septiembre en Newport Beach, Calif. Él era 95.
La muerte fue anunciada por la familia en un aviso publicado en Los Angeles Times.
El Sr. Kalmbach tenía la distinción, fue escrito en el New York Times en 1973, de ser "la figura más misteriosa entre el extrañamente variado elenco de personajes en el caso de Watergate". Un abogado de California, él era, según se sabe, un fiel servidor al presidente, discreto y capaz en asuntos tanto políticos como privados, y era virtualmente desconocido para el público antes de la investigación de Watergate que llevó a su cliente de la Casa Blanca.


El Sr. Kalmbach había conocido a Nixon a través de un conocido mutuo y había apoyado sus ambiciones políticas desde que Nixon, como vicepresidente, hizo su primera y fracasada oferta por la Oficina Oval en 1960. Dos años más tarde, Kalmbach se mantuvo junto a su candidato cuando Nixon perdió una carrera por el gobernador de California y prematuramente declaró que su carrera política había terminado.
La elección de Nixon a la Casa Blanca en 1968 -y su elección de Sr. Kalmbach como su abogado privado- impulsó la práctica legal del Sr. Kalmbach y pulió su prestigio personal. Su círculo social informa, llegó a incluir Donald Nixon, hermano del presidente, y el actor John Wayne. La firma del Sr. Kalmbach, con oficinas en la tony Newport Beach y en Los Ángeles, atrajo a una corriente de clientes corporativos de alta potencia que, además de representación legal, recibían cierta proximidad con el presidente.


El abogado personal del presidente Nixon, Herbert Kalmbach, durante una conferencia de prensa en Washington el 17 de julio de 1973. (Frank Johnston / The Washington Post)

El Sr. Kalmbach fue encargado de los impuestos de Nixon, su planificación de sucesión y la adquisición de la exuberante propiedad en San Clemente, California, que se conoció durante el gobierno de Nixon como la Casa Blanca del Oeste. El Sr. Kalmbach también mostró una habilidad considerable ya veces polémica en cortejar a los donantes políticos, elevando los  $ 18 millones reportados para las campañas presidenciales de 1968 y 1972 de su cliente.


El Sr. Kalmbach cumpliría seis meses de prisión después de declararse culpable en febrero de 1974 a cargos de felonía de recaudación de fondos impropios durante las elecciones de mitad de período de 1970 y un cargo menor por ofrecer una embajada europea a cambio de una donación de 100.000 dólares. Pero insistió en que no participó conscientemente en ninguna ilegalidad derivada de los notorios acontecimientos del 17 de junio de 1972.
Ese día, cinco ladrones irrumpieron en la sede del Comité Nacional Demócrata en el complejo de Watergate en Washington como parte de un plan para espiar a los enemigos políticos de Nixon. La operación y el intento de encubrirla estaban vinculados a altos funcionarios de la administración y la campaña de Nixon.
Entre ellos estaba el Sr. Kalmbach, quien ayudó a canalizar más de $ 200,000 a los acusados ​​de Watergate. Él profesó que había entendido los pagos - más adelante considerados extensamente como dinero silencioso - para ser para los propósitos "humanitarios".
"Mis acciones en el período inmediatamente posterior a la invasión", dijo ante el comité de Watergate del Senado en julio de 1973, "que involucró la recaudación de fondos para proporcionar la defensa legal de los acusados ​​de Watergate y el apoyo de sus familias fueron me hizo creer que tal era apropiado y necesario para cumplir lo que supuse ser una obligación moral que había surgido de alguna manera desconocida para mí por causa de acontecimientos anteriores ".


El Sr. Kalmbach describió para el comité la forma en que se distribuía el dinero: con el máximo secreto, usando alias y contenedores que incluían una bolsa de lavandería para el hotel, y con la ayuda de Anthony Ulasewicz, ex detective de la ciudad de Nueva York que realizó las entregas
Ulasewicz, que había sido instruido para comunicarse sólo por teléfono de pago, recordó llevar tantas monedas que tuvo que usar un dispensador de monedas en la cintura.
"Recojo de su éxito que debe ser un gran abogado", dijo el senador Daniel K. Inouye (D-Hawaii) a Kalmbach durante su testimonio. Por lo tanto . . . Me resulta muy difícil creer que no sepa que se estaban llevando a cabo actividades ilegales ".

El Sr. Kalmbach insistió en que había contado con la reputación de los ayudantes de Nixon, incluyendo al ex asesor de la Casa Blanca, John W. Dean III, quien dijo que había ordenado los pagos durante una conversación en un banco del parque en Lafayette Square de Washington menos de dos semanas después de la irrumpir.
"Senador, estaba tratando con el abogado del presidente de los Estados Unidos", declaró el señor Kalmbach. "Era una cuestión de absoluta confianza en la integridad y honestidad del hombre. Y, de nuevo, como digo, era absolutamente inconcebible para mí que este hombre pudiera pedirme que hiciera un acto ilegal, y nunca he hecho un acto ilegal.
Como la evidencia montada que el dinero pudo haber sido utilizado para comprar el silencio de los ladrones en la investigación, el Sr. Kalmbach atestiguó que era "apenas como si me han dado una patada en el estómago."
El Sr. Kalmbach dijo que podría haber sido utilizado por Dean, el ex jefe de personal de la Casa Blanca, "Bob" Haldeman , el ex asesor de política interna John D. Ehrlichman y el ex procurador general John N. Mitchell , todos los cuales fueron a prisión por su papeles en la mala conducta se refiere colectivamente como el escándalo de Watergate.
La corrupción descubierta en la administración incluyó los "trucos sucios" organizados por el bromista político Donald H. Segretti para socavar la oposición democrática de Nixon en las elecciones presidenciales de 1972. El Sr. Kalmbach fue identificado como una autoridad que controlaba el fondo que suscribía esas actividades.
Los cargos de felonía contra él se relacionaron con $ 3.9 millones que él levantó a través de un comité bajo campaña de la campaña, sin presidente o tesorero, y que fue canalizado a los candidatos del Congreso en 1970.
Los fiscales no le acusaron en relación con otros esfuerzos de recaudación de fondos que habían sido investigados, incluyendo su presunto papel solicitando cientos de miles de dólares en contribuciones de campaña o promesas de los funcionarios de la industria lechera a cambio de favores presidenciales.
Su delito menor de vender una embajada no fue ni el primero ni el último arreglo, o disposición aparente, de un miembro de cualquiera de los partidos principales de la política estadounidense. "¿No es $ 250,000 una cantidad tremenda de dinero para Costa Rica?", Dijo Ruth L. Farkas, otra donante potencial, que le había preguntado. En su lugar se fue a Luxemburgo.

Herbert Warren Kalmbach nació en Port Huron, Michigan, el 19 de octubre de 1921. Tenía 12 años cuando murió su padre. Durante la Segunda Guerra Mundial, fue un aviador de la Marina en los teatros del Atlántico y del Pacífico.
Él recibió un grado del negocio en 1949 y un grado de la ley en 1951, ambos de Universidad de California meridional. Allí conoció a Robert H. Finch, un futuro gobernador de California y consejero de Nixon, quien ayudó a atraer a Kalmbach a la política.

El Sr. Kalmbach comenzó su carrera legal practicando la ley de seguros de título y fue socio fundador de la firma del sur de California Kalmbach, DeMarco, Knapp y Chillingworth. Después de la elección de Nixon, la clientela de la firma llegó a incluir gigantes corporativos como United Airlines, Marriott Corp. y el gigante de los medios MCA Inc.

Además de su sentencia de prisión y multa de $ 10,000, el Sr. Kalmbach recibió una suspensión de su licencia para practicar la ley. Fue reintegrado en 1978 y más tarde fue de consejo con la firma de BakerHostetler.
En 1948, se casó con Barbara Forbush, una ex princesa de Rose Bowl. Ella murió en 2005. Su hijo Kenneth Kalmbach murió en 1980. Los sobrevivientes incluyen a dos niños, Lauren Kinsey de la playa de Newport y Kurt Kalmbach de Coto de Caza,

Además de las declaraciones ante el comité del Senado Watergate, el Sr. Kalmbach testificó como testigo de la acusación en los juicios de varios funcionarios de la administración de Nixon. Sin embargo, no implicó a Nixon.
Cuando el Sr. Kalmbach fue a prisión, un amigo sin nombre le dijo al Times que el abogado había esperado inútilmente "alguna palabra de simpatía o aliento del Presidente, o al menos una expresión de gratitud por sus ... años de lealtad incondicional". El Sr. Kalmbach, de acuerdo con la discreción que se esperaba de un hombre del bar, no hizo ningún comentario sobre su relación con su cliente.