En 1978, dos delincuentes comunes robaban el ataúd del cineasta, muerto dos
meses antes, y pedían un rescate de 600.000 dólares
En la madrugada del 1 al 2 de marzo de 1978, dos
delincuentes comunes entraban en el pequeño cementerio de la localidad suiza de
Corsier-sur-Vevey, donde vivía la familia del director de «El Gran
Dictador» o «Tiempos Modernos», y profanaban su tumba. Ni siquiera habían instalado
aún la lápida con el epitafio grabado cuando robaron el ataúd con sus restos
mortales. Los policías tan solo encontraron el hoyo donde se encontraba
enterrado el féretro (como se observa en la fotografía), huellas de pisadas que
se dirigían hacia la puerta del cementerio y marcas de ruedas de un vehículo.
Esas fueron todas las pistas con las que contó la Policía suiza, cuya
primera hipótesis, y a la postre la correcta, fue que los secuestradores tenían
el objetivo de pedir un rescate a la familia de Chaplin por sus restos. En
aquel momento, la fortuna acumulada por los descendientes tras la herencia,,
ascendía a unos 25 millones de dólares.
«Charlie lo hubiera encontrado ridículo»
Los ladrones, dos mecánicos de automóviles de nacionalidad polaca (Roman
Joseph Wardas, de 24 años) y búlgara (Gandscho Ganev, de 38), no
contaron con que la viuda de Chaplin, Oona OŽNeill, lo tenía más que
claro: nada de pagar el más mínimo rescate por los restos de su marido.
«Charlie lo hubiera encontrado ridículo»,.
Pocos días después OŽNeill comenzó a recibir llamadas telefónicas
de Wardas y Ganev exigiendo cifras desorbitantes por los restos del cómico.
La primera ascendía a 600.000 dólares, después fue rebajada a 600.000
francos suizos y, posteriormente, a 500.000, llegándole a enviar
fotos que probaban que el cadáver de Chaplin estaba en su poder. Pero se notaba
que los delincuentes no eran unos profesionales en esto de la extorsión.
Vigilancia sobre 200 teléfonos públicos
Durante el juicio, Wardar confesó que la «original»
idea de robar el cadáver de Chaplin se le ocurrió por asociación de ideas, al
leer en la prensa la noticia de que la Policía italiana había recuperado en Bari el
ataúd y el cuerpo sin vida de Salvatore Matarrese, padre de un importante
senador. Luego convenció a Ganev, huido de Bulgaria, de que participara en el
robo. Ambos extrajeron el ataúd del cómico de más de 120 kilos y lo subieron al
vehículo. Y, por último, lo trasladaron hasta la cercana población de
Neville, donde, en el centro de un enorme campo de maíz, lo volvieron a
sepultar.
Esta rocambolesca historia fue como la última escena de una vida de
película. Después de aquello, «el único genio de la industria del cine», uno de
los «actores más célebres de todos los tiempos», como le definieron alguno de
sus colegas, descansó por fin en paz. .