domingo, 25 de agosto de 2019

Los museos se sacuden un machismo de siglos y sacan a las artistas del sótano


El Prado, el Reina Sofía, el Macba o el Ivam inician la temporada con exposiciones que tienden a reparar la marginación de las mujeres en las artes y los museos durante siglos




Anguissola estaba consagrada cuando pintó Isabel de Valois sosteniendo un retrato de Felipe II (MUSEO DEL PRADO)
FERNANDO GARCÍA, MADRID







Sabían ustedes quiénes fueron Sofonisba y Lavinia Fontana? Algunos lectores seguro que sí, pero tal vez no la mayoría. Los grandes museos de Madrid, Barcelona o València empiezan a saldar su deuda con las mujeres, que es cuantiosa y antigua. Para empezar, el Prado, gran patriarca de las pinacotecas españolas, inicia su próxima temporada con la gran exposición que confrontará a esas dos destacadas pintoras forjadas en el Renacimiento y el primer Barroco italiano: según los organizadores, “dos de las mujeres más notables de la historia del arte occidental”; según los libros de historia del arte, dos de tantas grandes creadoras cuyas obras fueron atribuidas a hombres o quedaron arrumbadas en los sótanos de las más nobles instituciones culturales.
Tanto es así que ésta es tan solo la segunda muestra con firma exclusivamente femenina que el Prado acoge en sus doscientos años de existencia –la anterior fue la dedicada a la flamenca Clara Peeters en el 2016–, aunque también hay que subrayar la voluntad del director Miguel Falomir de convertir la cita en uno de los platos fuertes del bicentenario de la entidad.


El Prado culmina su bicentenario con el rescate de las obras de Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana
Historia de dos pintoras: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana pondrá frente a frente a dos artistas que coincidieron en el tiempo y el país (Italia); con orígenes y trayectorias muy distintas aunque con importantes puntos en común. Pues una y otra fueron reconocidas en vida para luego pasar al olvido durante siglos; las dos rompieron moldes y convenciones de la época, y ambas “se valieron de la pintura para mejorar su situación personal, tener una vida propia y mejorar la historia de su propia familia”, si bien lo hicieron “desde maneras diferentes de interpretar la pintura y servirse de ella para reivindicarse como artistas y como personas”, señala la comisaria de la muestra, Leticia Ruiz.
Sofonisba Anguissola (1535-1625) nació en Cremona dentro de una familia de la pequeña nobleza local. Su padre, Amilcare Anguissola, no disponía de grandes recursos materiales, pero contaba con buenos contactos y era un lince a la hora de promocionarse a sí mismo y a los suyos. Para hacer publicidad de su hija, el hombre no paraba de enviar cartas y retratos suyos aquí y allá. Uno de los destinatarios de sus peticiones y propuestas fue Miguel Ángel, entonces ya célebre y a quien el dedicado progenitor escribió en 1557 para solicitarle que acogiera a su hija como pupila. El maestro le respondió, y lo hizo encargando a la aspirante el retrato de un niño llorando. Ella creó entonces el excelente dibujo Niño mordido por un cangrejo, con su hermano Asdrubale como modelo. Miguel Ángel la ayudó.



El Felipe II de Anguissola se atribuyó luego a Pantoja de la Cruz (MUSEO DEL PRADO)
 
Sofonisba Anguissol conoció después al duque de Alba a través del gobernador de Milán. Cautivados por su arte, ambos la recomendaron con éxito a la corte de Felipe II. Allí se trasladó ella en 1559, oficialmente como dama de compañía de la reina Isabel de Valois –la tercera y entonces 


jovencísima esposa del monarca–, pero sin dejar de pintar retratos. De hecho, su éxito a partir de entonces fue arrollador, hasta el punto de que los hombres del rey pidieran a su pintor oficial, Alonso Sánchez Coello, que hiciera copias de sus lienzos.

Coello fue uno de los autores a los que más adelante se atribuyeron grandes obras de Anguissola. Otras se acreditaron a Tiziano y a Juan Pantoja de la Cruz, como es el caso de sendos retratos de Felipe II y de Isabel de II, ambos pertenecientes a la colección del Prado.
Lavinia Fontana (Bolonia 1552-1614 Roma) creció admirando a Sofonisba Anguissola, por entonces muy famosa. El padre de la boloñesa, Próspero Fontana, también era pintor y pronto apreció el talento de su hija. Así que se convirtió en su primer y más esmerado maestro. Al cumplir ella 25 años, Próspero la casó con Gian Paolo Zappi, igualmente artistas. El matrimonio tendría once hijos.
Pronto quedó claro que quien pintaba especialmente bien era ella y no el marido. Pero Gian Paolo lo asumió y apoyó a su esposa a tope. Él se hizo cargo de la prole mientras ella abría taller propio y se codeaba con los artistas varones de la zona. Según Leticia Ruiz, el pobre cónyuge fue objeto de no poca chanza por su posición de segundón respecto a la mujer.

A Lavinia Fontana se le puede considerar la primera pintora profesional y totalmente autónoma, indica Ruiz. Su taller de Bolonia fue viento en popa. Recibió encargos desde Florencia y Roma, cuyos hombres ilustres la eligieron miembro de la Academia Romana.
A diferencia de Anguissola y las otras pocas pintoras de la época, Fontana trabajó en registros muy variados. Cultivó el retrato de grupo y las miniaturas, reflejó el lujo de las mujeres en la ciudad, realizó obras religiosas de gran formato y –lo que estaba casi prohibido a las mujeres– desnudos; aunque para ello hubiera de acogerse a la temática mitológica, como por otra parte mandaban los cánones.

La exposición en el Prado reunirá sesenta piezas de Anguissola y Fontana. Abrirá al público el 22 de octubre y se prolongará hasta el 2 de febrero. Será, junto con otra dedicada a los dibujos de Goya, una de las estrellas, de los días que culminarán el bicentenario del museo, inaugurado el 19 de noviembre de 1819. Momento de justicia para las pintoras en la mayor institución cultural del país. Iba siendo hora.

sábado, 24 de agosto de 2019

The Beatles: sus últimas vacaciones antes de ser estrellas fueron en Tenerife


Excepto John Lennon, bajo el sol del Puerto de la Cruz pasaron sus últimos días sin flashes ni guardaespaldas.


Llegaron atraídos por el sol, como todos los británicos que pasearon por Puerto de la Cruz en los inicios del turismo insular. Tres guiris con su peculiar melena, que les daba un aspecto algo descuidado para el gusto de los locales de los 60. Por aquel entonces, Paul McCartney, Ringo Starr, George Harrison y John Lennon acababan de grabar su primer sencillo, «Please, please me», que unas semanas más tarde les catapultaría a la fama mundial. Posiblemente, el estrés de grabar esta canción hizo que consideraran la posibilidad de realizar un viaje para relajarse y recuperar fuerzas. Así, los tres primeros pusieron rumbo a Tenerife animados por el fotógrafo alemán Klaus Voomann, cuyo padre tenía una casa en Los Realejos. En cambio, el cuarto optó por Torremolinos. Aterrizaron un 29 de abril de 1963 con la sorpresa de que el lugar donde iban a hospedarse aún no contaba con luz ni agua. Pero, aún así, la isla canaria se les antojaba como el lugar perfecto para esquivar el ruido y el estrés.
Su visita se centró en esta pequeña localidad del norte de la isla que, en sus orígenes, era un pequeño pueblo de pescadores y, con el paso del tiempo, se ha convertido en su puerto comercial más importante. De esta forma, pasó de tener una tradición pesquera a exportar productos y toda la cultura europea de la época. Este hermoso pueblo siempre ha estado muy ligado al mar y a la agricultura, pero en los años 70 comenzó su gran transformación. Poco a poco, se convirtió en la principal ciudad turística de la isla por el Jardín de Aclimatación de la Orotava, la ermita de San Amaro, el mirador de la Paz o el paseo de las Palmeras. Durante su estancia, Paul, Ringo y George, acudieron habitualmente al hoy desaparecido Lido San Telmo (posteriormente, remodelado por César Manrique y convertido en el Lago Martiánez), un conjunto de piscinas muy populares entre los viajeros de la época.
Como todavía su música no se había convertido en un fenómeno de masas fuera de Inglaterra, todavía podían pasar desapercibidos. Tanto que el copropietario de este centro de ocio, David Gilbert, se negó a que tocaran en él. Creía que su estilo pop/rock desenfadado y su aspecto alternativo no casaba con el estilo de su clientela. Algo de lo que, un tiempo después, se arrepentiría. Su ruta no acabó aquí. También visitaron el observatorio de Izaña y el Parador del Teide cuando todavía no estaba terminado el teleférico. Igualmente, estuvieron en Santa Cruz e, incluso, asistieron a corridas de toros en la plaza de la ciudad. Esta es una bella ciudad portuaria que, por su agradable clima, resulta un lugar perfecto para salir de compras y dar un paseo por sus grandes avenidas y parques. Entre sus principales atractivos se encuentra el Palmetum, el mercado de Nuestra Señora de África, la playa de Las Teresitas o el auditorio Adán Martín.
Tenerife es la isla de las mil experiencias en un solo territorio. Cualquiera puede adentrarse en su naturaleza, relajarse en una playa, subir al Teide, ir de compras, ver un espectáculo, divertirse en un parque temático, jugar al golf... en cada una de sus ciudades. La Laguna, por ejemplo, es otra de las grandes protagonistas. Su casco viejo es la primera muestra de centro urbano no fortificado, concebido y construido según un plano inspirado en la navegación, que era la ciencia de la época. Su arquitectura colonial, sumada a la belleza del conjunto histórico, le han valido la distinción de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Sin embargo, a pesar de tres cuartas partes de The Beatles patearon estos lares, las referencias a su paso por la isla no abundan. La casa de Los Realejos, hoy la número 11, ni siquiera tiene una placa en su entrada. Tampoco hay ninguna estatua conmemorativa en el Puerto de la Cruz, ni ninguna calle que recuerde su paso. Quizá, tal y como ellos deseaban.