miércoles, 7 de marzo de 2018

La agónica muerte de Josef Stalin, ¿quién mató al sanguinario dictador?



En sus memorias, Nikita Jrushchov afirma sin pruebas que Beria, jefe de la policía y el servicio secreto, confesó a los líderes soviéticos: «Yo lo maté, lo maté y os salvé a todos». La causa oficial en el 65º aniversario de su muerte sigue siendo un ataque cerebrovascular, pese a los muchos interrogantes en torno a sus últimos días
Katyn: la oculta masacre comunista en la que Stalin aniquiló a 22.000 prisioneros de guerra

La noche del 28 de febrero de 1953, Josef Stalin celebró una reunión en Kúntsevo con su círculo de hombres de confianza. En dicho encuentro los invitados vieron una película y se retiraron a altas horas de la madrugada, cuando Stalin se fue a dormir. No obstante, según una versión no oficial, el sangriento dictador se retiró luego de discutir gravemente con dos de sus seguidores, Lázar Kaganóvich y Voroshílov.


Al día siguiente, Stalin no salió de su cuarto y no llamó ni a los criados ni a los guardias. Nadie se atrevió a entrar en su habitación hasta que, sobre las diez de la noche, su mayordomo forzó la puerta y lo encontró tendido en el suelo, junto al diván, vestido con la ropa que llevaba la noche anterior y sin apenas poder hablar. El dictador había sufrido un ataque cerebrovascular que, tras unos días de agonía, le causó la muerte el 5 de marzo. Al menos así reza la teoría oficial, sobre la que rondan innumerables incógnitas y la sospecha del asesinato.
«El miedo y el odio contra el viejo tirano casi podían olerse en el aire», escribió el embajador americano sobre los últimos meses de vida del que fue durante más de 30 años Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética. El ascenso al poder de Josef Stalin se caracterizó por los brutales métodos empleados contra cualquier persona crítica con su figura. Poco tiempo antes de fallecer, el propio Lenin hizo un llamamiento para frenar al «brusco» Stalin, que terminó elevado, posiblemente, al genocida más sangriento de la historia.


La salud y la memoria de Stalin fallan
Con millones de muertos a su espalda y terminada la II Guerra Mundial, la salud de Stalin empezó a declinar a partir de 1950, cuando la Guerra Fría iba tomando su forma más característica. Durante su vida, Stalin había padecido numerosos problemas médicos. Nació con sindactilia (la fusión congénita de dos o más dedos entre sí) en su pie izquierdo. A los 7 años padeció la viruela, que le dejó cicatrices en el rostro durante toda su vida. Con 12 años tuvo un accidente con un carro de caballos, sufriendo una rotura en el brazo, que le dejó secuelas permanentes. A todo ello había que añadir que su madre y él fueron maltratados a manos de su padre. Ya siendo adulto, Stalin además padeció de psoriasis (una enfermedad de la piel que causa descamación e inflamación).
Poco tiempo antes de fallecer, el propio Lenin hizo un llamamiento para frenar al «brusco» Stalin, que terminó elevado, posiblemente, al genocida más sangriento de la historia.


A los 70 años de edad, su memoria comenzó a fallar, se agotaba fácilmente y su estado físico empezó a decaer. Vladímir Vinográdov, su médico personal, le diagnosticó una hipertensión aguda e inició un tratamiento a base de pastillas e inyecciones. A su vez, recomendó al dirigente comunista que redujese sus funciones en el gobierno. Por supuesto, Stalin apreció una conspiración en el consejo médico y no solo se negó a tomar medicinas, sino que despidió a Vinográdov.

Sus problemas de salud coincidieron con uno de los pocos reveses políticos que sufrió durante su rígida dirección del Partido Comunista. Pocos meses antes de su muerte, en octubre de 1952, se celebró el XIX Congreso del PCUS, donde Stalin dejó entrever sus deseos de no intervenir militarmente fuera de sus fronteras. Frente a esta opinión, Gueorgui Malenkov –colaborador íntimo del dictador y Presidente del Consejo de Ministros de la URSS a su muerte– hizo un discurso en el cual reafirmó que para la URSS era vital estar presente en todos los conflictos internacionales apoyando las revoluciones socialistas, lo que después sería una constante de la Guerra Fría. Como un hecho inédito tras décadas de un férreo marcaje, el Congreso apoyó las intenciones de Malenkov y no las de Stalin.
Fue entonces cuando Stalin reanudó sus purgas, si es que alguna vez habían parado. Lo hizo motivado por el pequeño tropiezo político y alertado por una carta de la doctora Lidia Timashuk, una especialista del Policlínico del Kremlin, que acusaba a su antiguo médico, Vinográdov, y a otros ocho galenos de origen judío de estar recetando tratamientos inadecuados a altos mandos del Partido y del Ejército.


Sin esperar a recibir ninguna otra prueba, Stalin ordenó el arresto de los nueve médicos y aprobó que fuesen torturados en lo que fue bautizado como «el Complot de los médicos». La persecución afectó en total a 37 doctores de todo el país, 17 de ellos judíos, mientras que la paranoia anti-semita se trasladó también al pueblo. A finales de enero de 1953 su secretario privado desapareció sin dejar rastro. El 15 de febrero, el jefe de sus guardaespaldas fue ejecutado bajo extrañas circunstancias

Sin esperar a recibir ninguna otra prueba, Stalin ordenó el arresto de los nueve médicos y aprobó que fuesen torturados en lo que fue bautizado como «el Complot de los médicos». La persecución afectó en total a 37 doctores de todo el país, 17 de ellos judíos, mientras que la paranoia anti-semita se trasladó también al pueblo. A finales de enero de 1953 su secretario privado desapareció sin dejar rastro. El 15 de febrero, el jefe de sus guardaespaldas fue ejecutado bajo extrañas circunstancias.

Conocedores del régimen de extremo terror impuesto por Stalin en el pasado, entre los miembros más veteranos del Politburó (el máximo órgano ejecutivo) corrió el miedo a que una purga masiva estuviera en ciernes. Solo la muerte de Stalin en marzo pudo frenar la escalada de muertes que había empezado tras el congreso de octubre. Precisamente por este clima de desconfianza, aunque la causa oficial de la muerte fue un ataque cerebrovascular, la sospecha del asesinato ha perseguido el suceso hasta la actualidad.


Lavrenti Beria, la posible mano ejecutora
Una vez descubierto al dictador tendido sobre el suelo de su habitación, su hombre más fiel entre los fieles, Lavrenti Beria, fue el primero en asistirle, pero lo hizo al parecer con cierta parsimonia. Se dice que no convocó a los doctores hasta pasadas 24 horas del ataque. No en vano, la Academia de Ciencias Médicas se reunió pronto con carácter extraordinario para intentar salvar al hombre más poderoso de Rusia. El propio ministro de Salud de la URSS, Tretiakov, dirigió el consejo médico para debatir un posible tratamiento.


«Aquella una mirada horrible, una mirada de locura, de cólera tal vez, y de pavor ante la muerte y ante los desconocidos rostros de los médicos que se inclinaban sobre él»
La agonía de Stalin se alargó varios días más sin que ninguno de los cirujanos se decidiera por una intervención o algún tratamiento específico. Según el testimonio de su hija Svetlana Alliluyeva, en ocasiones el dictador abría los ojos y miraba furibundamente a quienes lo rodeaban, entre los que estaba Beria –jefe de la policía y el servicio secreto (NKVD)–, quien le cogía de la mano y le suplicaba que se recuperase

Era «aquella una mirada horrible, una mirada de locura, de cólera tal vez, y de pavor ante la muerte y ante los desconocidos rostros de los médicos que se inclinaban sobre él. Aquella mirada se posó en todos durante una fracción de segundo. Y entonces alzó de pronto la mano izquierda (la que conservaba el movimiento) y pareció como si señalara con ella vagamente hacia arriba o como si nos amenazara a todos. El gesto resultaba incomprensible, pero había en él algo amenazador, y no se sabía a quién ni a qué se refería...», describió su propia hija. La cada vez más angustiosa respiración de Stalin marcó los últimos días del dictador, mientras su rostro se ennegrecía a causa de la mala circulación.

martes, 6 de marzo de 2018

El Toro de Osborne cumple 60 años como icono, mito y seña de identidad



La figura del toro de Osborne se recorta contra el horizonte en una llanura de Fuente de Cantos (Badajoz). / MARCELO DEL POZO (REUTERS)

La popular silueta que ideó el publicitario Manolo Prieto ha sorteado arreones, esquivado gañafones de tauromaquia añeja y, al menos en dos ocasiones, se ha beneficiado del pañuelo naranja del indulto merced a otras tantas sentencias judiciales
Sesenta años ha cumplido el Toro de Osborne como icono del diseño y punto de encuentro en las carreteras españolas desde la instalación, en 1958, de la primera serie de ejemplares según el prototipo emplazado un año antes en Cabanillas (Madrid) para promocionar el brandy insignia de la histórica bodega.
Décadas después, la popular silueta que por encargo de Osborne ideó el publicitario Manolo Prieto (1912-1991) ha sorteado arreones, esquivado gañafones de tauromaquia añeja y, al menos en dos ocasiones, se ha beneficiado del pañuelo naranja del indulto merced a otras tantas sentencias judiciales.
"Se ha convertido en punto de encuentro, lugar de unión y entendimiento entre comunidades", además de "un icono del diseño español reconocido internacionalmente", explica el presidente de la Fundación Osborne, Tomás Osborne Gamero-Cívico, en el prólogo de un libro conmemorativo que ha editado la Fundación Santa María la Real del Patrimonio Histórico, con sede en Aguilar de Campoo (Palencia).
Dedicado "a todos aquellos para quienes la tolerancia es su guía", esta publicación resume la genealogía histórica del Toro de Osborne con fotografías de Pau Barroso y textos del historiador Jaime Nuño, director del Centro de Estudios del Románico de la Fundación Santa María la Real.
Negro zaino, acaramelado de pitones, ensillado y de generosa papada, el Toro de la Carretera, como también se le conoce, nació en el kilómetro 55 de la N-I, en Cabanillas de la Sierra (Madrid), elaborado en madera y de cuatro metros de alzada.
En un año, la camada se amplió hasta quince ejemplares y la cabaña se multiplicó en los años sesenta hasta sumar medio millar de siluetas en las carreteras de una España entonces en plena efervescencia del turismo, lo que contribuyó a su identificación y proyección como seña de identidad del país entre los extranjeros.
El primer puyazo lo recibió desde la normativa estatal de carreteras cuando en 1962 distanció al morlaco del asfalto para no distraer a los conductores, pero lejos de repucharse se vino arriba al ocupar lugares más alejados y crecer en tamaño para compensar el necesario alejamiento de la vía.

De los cinco metros y la madera, se pasó al metal, los catorce de altura y a los 4.000 kilos de peso soportados por cuatro torretas metálicas ancladas en zapatas de hormigón, un tamaño que los profesionales del toreo identificaron desde entonces con el excesivo trapío y romana de los que tenían que lidiar en algunos cosos.
De aquella comparación ('más grande que el Toro de Osborne'), el cornúpeta más popular pasó a ser portada en 1972 de The New York Times Magazine para ilustrar un reportaje sobre la España del tardofranquismo, y en 1987 acusó el espadazo en todo lo alto que le administró la nueva Ley de Carreteras al prohibir la publicidad situada junto a la red de viaria.
Lo que parecía la puntilla y el posterior arrastre al desolladero del olvido se convirtió, un año después, en una larga cambiada gracias a la declaración del Toro de Osborne como Bien de Interés Cultural (BIC) por parte de la Junta de Andalucía, atenta al quite para evitar el cachetazo definitivo.
La publicidad del brandy desapareció de su anatomía, el astado fue indultado y asumió la condición de mito, una categoría de icono gracias a los descendientes de Thomas Osborne Mann, natural de Exeter (Reino Unido), que a finales del siglo XVIII se estableció en El Puerto de Santa María con un negocio de exportación de vinos.
El bravo aguantó una nueva acometida cuando en 1994 el Gobierno central, al interpretar como publicidad subliminal la figura del animal pese a no tener ningún añadido gráfico ni rotulado, impuso una multa de un millón de pesetas a la firma bodeguera.
El Tribunal Supremo, en una sentencia de 1997, zanjó el asunto al afirmar que la silueta, con el tiempo transcurrido, "ha superado su inicial sentido publicitario y se ha integrado en el paisaje", y considerar que debe prevalecer, como causa que justifica su conservación, "el interés estético o cultural que la colectividad ha atribuido a la esfinge del Toro".

El fotógrafo Pau Barroso, en un trabajo de campo que ha durado varios años, ha captado con su cámara los 88 ejemplares dispersos por la geografía viaria en 36 provincias de quince comunidades y la ciudad autónoma Melilla, todo el territorio nacional menos Cantabria y Ceuta.